Un proyecto tal, no puede nacer sino de la urgencia que nuestra circunstancia temporal nos pone delante, una cuestión política diría, y en esto no tiene nada que ver el reduccionismo barato que ve en la lucha por el poder, en la confirmación de los modos autoritarios su mas perfecta efectuación, tal mirada es al contrario una forma mas del agotamiento de todo posible, un cierre que presupone desde ya las alternativas a realizar, la clausura de todo devenir (ya sea singular, ya sea político).
Se trata aquí de modo distinto, de reflejar una irrupción, de ser lo que voluntariamente no se puede ser. Me explico: Hay en todo acontecer un inevitable estar en común en la incomunicación, repartidos, inoperantes, que nos viene ya desde siempre, sin ser en este sentido originario. Gilles Deleuze lo dice de un modo por demás interesante: "En todas partes maquinas y no metafóricamente: maquinas de maquinas, con sus acoplamientos, sus conexiones. Una maquina órgano empalma con una maquina-fuente: una de ellas emite un flujo que la otra corta (...) al funcionar no cesan de estropearse, no funcionan mas que estropeadas: el producir siempre se injerta sobre el producto y las piezas de maquina también son el combustible"[1].
Tal consideración, pone en cuestión inevitablemente, la subjetividad entendida como expresión de la voluntad de un ente unitario, pone en cuestión la voluntad misma, alcanza aun la metáfora del vinculo social que superpone a los sujetos(objetos) la realidad hipotética del vinculo social. En suma plantea una objeción a toda clausura de lo posible, se afirma como un arte involuntario con alcances políticos.
Cabe entonces preguntarse si es posible después de esto la escritura y en caso de que lo fuera ¿Que podría decirse? o ¿Es que no hay nada que decir? Pero, es justo ahí, donde hay que intentar decir lo indecible, “porque solo el lenguaje indica en el límite, el momento soberano donde ya no cuenta. Lo que vale decir aquí que solo un discurso de la comunidad -agotándose- puede indicar a la comunidad la soberanía de su reparto (Vale decir no significarle, ni representarle su comunión)”[2].
Sabiendo que lo que esta en juego es la apertura posible de toda ética y toda política. ¿Cual seria el modo de enunciar más acorde con esta inoperancia constituyente? Blanchot hubiese dicho quizás, que la forma de actualizar ese imposible encuentro con el otro, podía hallarse en lo que el llamo casi al final de sus obras la escritura fragmentaria. Este fragmentariedad es tal por el hecho de liberar un espacio de lenguaje en el que cada momento tendría por sentido o por función hacer indeterminados los otros momentos. La fragmentariedad no es la oposición, no es instancia de la realización dialéctica en este caso, es yuxtaposición o plegamiento que interrumpe la sucesión.
Pero hay que advertir que esto no constituye tipo alguno de respuesta, de acabamiento. Escribir fragmentos nunca es suficiente para responder a la exigencia que nos plantea la inoperancia, lo fragmentario. Esta ni siquiera llegara a ser una realidad, nacerá muerta, solo le quedara contentarse con seguir siendo una exigencia: la de (no) ir mas allá.
Entonces la apertura de lo posible que llega con el acontecimiento y no a la inversa (El acontecimiento político por excelencia, no es la realización de un posible sino la apertura de lo posible) exige un modo de decir que es un no-saber, la exposición de la propia inopererancia en la comunicación, haciendo imposible el compartir de las voces que coexisten, ahondando la separación.
La revista se plantea así, como la búsqueda no-finita de su propia forma. Sea en la convergencia de las voces, la diferencia de las perspectivas, de los modos de abordaje, esta escritura que suspende su propio gesto es apertura al dialogo visto como constante creación de estrategias, como apuesta, -distinta a la escritura de dominio, totalitaria- como riesgo, la misma que interrumpida se prosigue...
Japhet Torreblanca del Carpio
Dirección editorial
[2] Jean Luc Nancy, La comunidad Inoperante, www.philosophia.cl. Escuela de filosofía de