Minos

Donde goza el pensamiento

MINOS Nº1

Incluimos sólo tres trabajos de la presente edición

1.Perú: ¿Estado laico o confecional?-Ydalid rojas Salinas

2.¿Somos tolerantes a las diferencias en las conductas sexuales?-Rossy Chumacero Lajo

3.Foucault entre nosotros-Rosa Nuñez Pacheco

                           Por: Ydalid Rojas Salinas*

 

Perú: ¿Estado Laico o confesional?

 

A pesar que desde la Constitución Liberal de 1933, nuestro país reconoce expresamente la libertad de cultos y la no discriminación por cuestiones religiosas, las relaciones de cooperación entre la Iglesia y el Estado peruano se mantienen vigentes en la actualidad, al amparo del reconocimiento constitucional a la trascendencia de la Iglesia católica en la formación histórica, cultural y moral del Perú.

 

Afortunadamente, el dilema sobre esta contradicción ha quedado zanjada —por lo menos desde el punto de vista jurídico— con el informe que en marzo del 2003 diera la Defensoría del Pueblo, con ocasión de venirse preparando en el Congreso de la República un proyecto de reforma de la actual Constitución. En dicho pronunciamiento, la Defensoría señala que al tener las normas constitucionales naturaleza normativa, el reconocimiento constitucional de la trascendencia de la Iglesia Católica en nuestro país, no puede figurar en el texto constitucional por que da lugar a la generación de beneficios que mellan el reconocimiento igualitario de la libertad religiosa y se condice con las exigencias derivadas del principio de Estado aconfesional. En tal sentido, de mantenerse vigente dicho reconocimiento, éste no debe dar lugar a consecuencia jurídica alguna.

 

A pesar que el informe defensorial resulta esclarecedor frente a las controversias que durante décadas han generado las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado peruano, el Concordato, firmado en 1980, sigue vigente. A él se debe que el Estado subvencione el mantenimiento de la jerarquía eclesiástica y el personal civil al servicio de la Iglesia Católica, el sostenimiento de las Arquidiócesis, Diócesis, Prelaturas, Vicariatos Apostólicos, la construcción de iglesias, parroquias y centros educativos católicos, el otorgamiento de pensiones de jubilación a los Arzobispos y Obispos Castrenses que pasan al retiro, la concesión de exoneraciones y beneficios tributarios para todas las actividades realizadas por la Iglesia, además de tener a su cargo el monopolio ideológico de los centros educativos estatales con el dictado del curso de religión católica.

 

Esta contradicción entre las libertades proclamadas por nuestra Constitución y las actitudes de declarada confesionalidad estatal, nos lleva a preguntarnos si realmente los valores modernos a los que se suscribe nuestro sistema constitucional, realmente son el reflejo del sentir de la colectividad peruana.

 

El filósofo mexicano Octavio Paz, con gran lucidez resaltó la diferencia entre los procesos de modernización de los países europeos y los hispanoamericanos. Mientras los valores proclamados por sistemas políticos como el anglosajón y el francés, fueron producto de su historia, en las que hechos como la Ilustración, precedida del Renacimiento y la Reforma Protestante fueron determinantes; la independencia política de las colonias hispanas fue esencialmente formal, ya que mantuvieron como institución fundamental en su estructura política a la más representativa del sistema monárquico y pre-moderno: la Iglesia.

 

Esa, es tal vez una de las razones que puede explicar porqué el sistema jurídico formal que proclamamos no sólo mantiene contradicciones al interior del mismo, sino que insiste en que se trata de inconsistencias perfectamente conciliables, cuando en realidad son antinomias insolubles. Se pretende conciliar el sistema monárquico con el republicano, el absolutismo con el liberalismo, la modernidad con la pre-modernidad, la libertad de pensamiento con el Estado confesional. El resultado no es otro que el respeto al orden tutelar, a la tradición, al pasado, a la Iglesia, al ejército; y a la vez, a los valores modernos como la dignidad, la libertad, la igualdad y la tolerancia.

 

Una expresión concreta de la dignidad proclamada como valor fundante de nuestro sistema jurídico, es el derecho a diseñar libremente el desarrollo de nuestra sexualidad. Sin embargo, en la práctica política, los representantes del Estado, guiados por los sentimientos coloniales que siguen fuertemente arraigados en el sentir de la mayoría, han hecho de su moral particular la política del Estado, negándose sistemáticamente a reconocer los derechos de las personas con una orientación sexual distinta a la convencional y calificándola incluso de antinatural y patológica.

 

A pesar que la dignidad implica también el derecho a señalar nuestro destino y decidir nuestro deseo de vivir o elegir el momento de nuestra muerte, la eutanasia en nuestro país está proscrita. No es admisible ni siquiera en el caso de los enfermos terminales, quienes están condenados a padecer el detrimento físico y psicológico hasta que la voluntad divina, y no la suya, sea la que decida, incluso en el caso de los ciudadanos no creyentes.

 

Asimismo, frente al doloroso conflicto en el que se ven envueltas miles de mujeres peruanas y en el que deciden optar por el mal menor, sometiéndose a la experiencia traumática de un aborto, antes que traer al mundo una vida producto de una violación, o con malformaciones genéticas; los representantes del Estado una vez más guiados por paradigmas religiosos se aferran al principio irracional de defender la vida porque es vida, exponiendo la de 410 mil mujeres peruanas cada año, con la práctica del aborto clandestino.

 

Las contradicciones no resueltas de nuestro sistema jurídico han llegado a extremos inaceptables. En enero del 2002, una adolescente peruana de 17 años de edad fue obligada a dar a luz a un bebé anencefálico (sin cerebro) y a amamantarlo durante los cuatro días que tuvo de vida. El hospital que la atendió, se negó a practicarle un aborto terapéutico durante los primeros meses de embarazo, debido a que no contaba con el protocolo necesario para que el personal de salud proceda. El aludido protocolo debió ser implementado por el Ministerio de Salud desde la fecha en que el aborto por razones terapéuticas fue despenalizado en nuestro país, es decir, desde la entrada en vigencia del Código Penal de 1924. Sin embargo, los prejuicios morales respecto a ésta práctica han pesado más que lo establecido hace 80 años por la propia ley. Finalmente, la cerrada defensa que la Iglesia Católica tiene sobre la vida del concebido, fue la creencia que primó en los médicos que le negaron el aborto a esta joven, soslayando su salud física y mental.

 

La negativa de la Iglesia a reconocer que existen diferencias en términos del juicio moral entre un proyecto de vida y una vida ya encaminada resulta tan irracional como su oposición al uso del condón, a sabiendas de las altas tasas de sobrepoblación mundial y el avance vertiginoso del SIDA.

 

Estos ejemplos hacen ostensible las tremendas contradicciones que existen entre las creencias religiosas más arraigadas que guían el actuar de nuestros representantes políticos, que no pueden diferenciar la esfera pública de la privada, y los principios a los que se ha suscrito nuestro sistema constitucional desde que nos constituimos como República. Reparar en ello, resulta trascendental para iniciar la gesta no sólo de un verdadero Estado Laico sino de un Estado que realmente garantice una vida digna a todos sus ciudadanos 

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*Abogada, Segundo Puesto del Concurso de Ensayos Jurídicos sobre “Estado Laico” organizado por CLADEM, (2004). Premio Iberoamericano de Ensayo sobre las Libertades Laicas, en co-autoría con Juan Carlos Valdivia Cano, organizado por el Colegio Mexiquense, (2006)

 

 

 

                   Por: Rossy Chumacero Lajo

¿Somos tolerantes a las diferencias en las conductas sexuales?

 

Se ha hecho de la conducta sexual un concepto son posibilidad de variables, una cuestión terminada; las conclusiones que nos ofrece la ciencia enmarcan un conjunto de información que legitima sólo conductas sexuales moralmente aceptadas, excluyendo a la vez, a la diversidad de conductas distintas a éstas. Un ejemplo de estas formas de exclusión es considerar a la homosexualidad producto de una desviación de la “normalidad”, una aberración de la conducta sexual.1

No obstante, numerosos trabajos de investigación contrarios al discurso que admite lo “natural” en las conductas sexuales, (es decir conductas tendientes e instintivas) muestran la gran gama y variedad de formas de manifestación y satisfacción sexual; recalcando el papel de la cultura en el condicionamiento de dicha conducta. Así, la homosexualidad se convierte en una forma más de expresión sexual  que de acuerdo a su experiencia orienta y satisface al individuo; y subrayo esto porque es un elemento fundacional en la formación de preferencias.

La conducta homosexual se ha dado desde tiempos remotos, y basta con dar una mirada a la literatura histórica y antropológica para darnos cuenta de que han existido y existen hasta en culturas poco tolerantes como la nuestra. Obviamente, las actitudes frente a esta conducta varían de acuerdo al sistema de valores establecido. Entre los Koniang, cultura ubicada al noroeste de Canadá, algunos niños son criados y formados para desempeñar el papel femenino, visten y aprenden los quehaceres de una mujer.2  en otras sociedades el varón que asume el papel femenino es visto como un poderoso chaman,  incluso puede convertirse en una de las esposas del régimen familiar polígamo, así sucede ent5re los Chukchees de Siberia, “además de la esposa chaman, el marido suele tener otra esposa con quien se deleita en el coito heterosexual”.3  Los Siwanos, del noreste de África, practican relaciones sexuales anales y son considerados como “raros” si no lo hacen.

Los Keraki de Nueva Guinea realizan intercurso anal entre los 10 y 12 años de su edad por un periodo de un año en la posición pasiva con un muchacho mayor que él, pasado el periodo asumen el  papel activo con los iniciados, este hacho es aceptado como parte del desarrollo sexual del púber.

Así también, existen culturas donde esta conducta es rechazada y en otras castigada severamente. Pero la homosexualidad no es sólo propia de los seres humanos, se evidencia también en animales como perros, caballos, roedores, etc, y en los primates dentro de los cuales estamos nosotros. Un caso poco conocido son los “bonobo”, primates oriundos de la República del Congo; éstos solucionan sus conflictos teniendo sexo en infinidad de variables, dentro de las cuales se encuentra la practica homosexual en machos y hembras.4 Los ejemplos citados sobre los animales, no tienen la intención de ayudar a concebir la homosexualidad como una tendencia natural;  sino más bien, mostrar la capacidad que tiene el animal de responder a diversos estímulos sexuales; facultad que también está presente en el hombre.

Los patrones de conducta sexual, es decir actitudes, modos y pautas en el comportamiento se adquieren bajo el moldeamiento de una cultura que establece las normas de conducta que se esperan tanto del niño, de la mujer, del adolescente, del  hombre que ocupa un estatus elevado, etc.   W. Churchill realiza un trabajo muy interesante sobre el tema de la conducta sexual, de quien trascribo un párrafo relacionado con este aspecto: “Seria errado el creer que las mística sexuales correspondientes a las diversas civilizaciones o culturas tiene que parecerse unas a otras. (...) Mientras en una sociedad dada es exculpado todo tipo de comportamiento sexual imaginable, con la sola excepción del incesto entre madre e hijo, en otra ese mismo comportamiento es objeto de rigurosa condena.  Y esto resulta verdadero hasta para acciones  tan dispares como la bestialidad, la pedofilia, el sado-masoquismo  y la homosexualidad. En determinados grupos humanos. La masturbación solitaria, por ejemplo, es objeto de enérgica reprobación, siendo castigado el culpable de semejante delito. En contraste en esta norma de moralidad, algunos otros grupos miran con absoluta indiferencia tal conducta sexual y hasta la estimulan y fomentan”.5

Vemos que no podríamos hablar de una ubica conducta sexual determinada en el ser humano; pues, como dijera Marco Aurelio Denegri: “Las generalizaciones en materia sexual son por lo común falsificaciones” teniendo en cuenta que la conducta sexual se ve influenciada por factores individuales además del contexto social y/o cultural que bien podría beneficiarla o no.

Ahora: ¿Qué podríamos decir de un medio social como el nuestro?, resulta en nuestro caso más difícil conciliar sexualidad y estructura social. A pesar de la aparente flexibilidad de la moral colectiva frente al tema en comparación con un siglo atrás, se ha avanzado muy poco, cadi nada. Todavía la educación del infante censura las conductas del niño que manifiestan un vital interés por el sexo opuesto, experimentar sensaciones al tocárselo, masturbarse, mostrarse y exhibirse en innumerables juegos con otros niño, etc.  La represión sexual ejercida en la infancia prepara el terreno para formar personas inseguras y de poca valía. El colaborador directo en tal acción represiva, es la moral que no se ha separado por completo de los ideales cristianos.

Si bien esta forma de organización social ha permitido la existencia de una vida sexual, ha hecho mucho más por contrariarla y reprimirla; “Atrapado en ese conflicto, el hombre cede en mayor o menor grado hacia uno de  los dos extremos6  esto quiere decir, o se revela y lucha en la defensa de la libre expresión de su sexualidad sin garantías de éxito, lo cual indica que “ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente”7 ,  o concede esta lucha haciéndole un favor al valor represivo. Dirigirse a cualquiera de los extremos nos lleva a pagar un predio; en el primero (como dijera Silvio Rodríguez en una canción) “la angustia es el precio que se paga por ser uno mismo”, por enfrentarse contra un sistema que intenta suprimir lo espontaneo, en el segundo, el precio es dejar de serlo, pero quizás este precio sea mas fácil de pagar y menos doloroso que asumir la libertad para construirse uno mismo. Para finalizar, sólo me queda recordar que el hombre es digno gracias a su capacidad de autodeterminarse , capacidad que incluye el ámbito sexual, no podemos dejar que los prejuicios per el hecho de ser costumbre3 y voz de una mayoría acaben por hacer de nuestra libertad algo que jamás podamos reconocer como tal.

 

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1  El concepto utilizado para este trabajo se refiere únicamente a aquella conducta que involucra  la estimulación y excitación de lo órganos sexuales así como de las zonas erógenas.

2  Consúltese: C. Ford y F. Beach, Conducta Sexual, Editorial Fontanella, Barcelona-España, 1978

 Ibid, pág. 140

4   Recomiendo consultar el articulo publicado por Frans de Wall, “Primates hippies en un paisaje puritano”, revista Etiqueta Negra, Año 2, numero 8,  2003

5  Wainwright Churchill, Comportamiento sexual entre varones, pág. 16,  editorial Grijalbo, México,  1969

6  Wilhelm Reich, La función del orgasmo, pág. 36, editorial Pacidos, España,  1991

7  Fernando Savater, Ética para Amador, pág. 29, editorial Ariel, Barcelona-España,  1991

 

Por Rosa Nuñez Pacheco*

 

FOUCAULT ENTRE NOSOTROS

 

La verdad no nace ni se encuentra en la cabeza de un solo hombre, sino que se origina entre los hombres que la buscan conjuntamente  en el proceso de comunicación dialógica.

                                            Mijaíl Bajtín

 

 

Hace ochenta años en la ciudad de Poitiers nació Michel Foucault, uno de los más grandes pensadores franceses que ha influido de manera decisiva en el conjunto de las ciencias humanas y sociales. Su teoría junto a las de Jacques Derrida, Roland Barthes o Mijaíl Bajtín se constituyen en referentes fundamentales para los estudios postestructuralistas, pero sobre todo la de Foucault adquiere particular importancia porque denota una profunda comprensión de problemas demasiado humanos como la locura, el control social, la sexualidad, etc.

 

¿Cómo llegó Foucault a nuestro medio, y por qué ha despertado tanto interés entre los jóvenes? Probablemente, sus libros circularon en circuitos cerrados hace algunas décadas, pero su difusión fue casi nula hasta los años noventa, y según parece, extraoficialmente se hablaba de él en los claustros de la Universidad San Agustín. Juan Carlos Valdivia, docente de la Facultad de Derecho, que conoció personalmente a Foucault cuando asistía a las conferencias que éste dictaba en el Colegio de Francia, publicó un artículo titulado “El último mandarín” (Diario El Pueblo, 30 de julio de 1997) donde anota: “Las masas no tienen necesidad de los intelectuales para saber, decía Foucault. Saben bien y saben cómo decirlo. Pero el poder obstaculiza, prohíbe o invalida ese discurso a través de algunos intelectuales. La misión de estos no es la de situarse por delante o al margen para decir la verdad muda de todos, sino luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez objeto e instrumento”.

 

Otro intelectual arequipeño que ha reflexionado sobre Foucault es Willard Díaz, docente de la Escuela de Literatura. En la revista Filosofía y Humanidades (Año 1, Nro. 1, 2000) publicó un artículo titulado “Foucault y nosotros”, en el que hace un interesante análisis crítico de nuestra situación académica desde una perspectiva foucaultiana: “La falta de una comunidad académica que sea un espacio de la investigación y debate, de confrontación y diálogo, ha permitido la persistencia del orden paternal y jerárquico, que Foucault llama el poder pastoral, aquel que nos mantiene tranquilos y dedicados a la enseñanza”.

 

Los dos comentarios antes señalados hacen referencia a dos conceptos fundamentales del pensamiento de Foucault: Saber y Poder. Juan Carlos Valdivia de alguna forma contrapone el saber de las masas al de los intelectuales, ya que éstos sólo validan y legitiman su propio saber y desmerecen el del “otro”, de modo que entre ambos saberes no se produce un diálogo, sino una relación de poder. Ese mismo asunto es reflexionado por Willard Díaz en relación a  la inexistente comunidad académica en la que mas bien se daría un “diálogo de sordos”: nadie escucha lo que todos dicen. A nadie le interesa replicar o ser replicado, hay un escondido temor a escuchar una voz contraria, portadora tal vez de un pensamiento crítico y cuestionador.

 

Además de ellos, tenemos a la Escuela de Literatura, en la que Foucault se ha convertido en uno de los ejes temáticos de la asignatura Análisis del Discurso. Desconocemos si en otras Facultades es estudiado dentro de un curso. Felizmente, sus obras ya figuran en el catálogo de las bibliotecas, además de estudios críticos sobre sus obras como  La filosofía de Michel Foucault  (Buenos Aires, Biblos, 1995) de Esther Díaz . En todo caso es menester seguir difundiendo su pensamiento y en ese sentido va dirigido este artículo.

 

La obra de Foucault gira, pues, en torno al saber y el poder. Ambos conceptos  han sido ampliamente desarrollados en el conjunto de sus obras, que según Esther Díaz pueden ser clasificadas en tres etapas: la arqueológica, la genealógica y la ética. En la primera aborda los temas de la locura, la enfermedad, el surgimiento de las ciencias sociales y el método de trabajo, a través de sus libros La historia de la locura, El nacimiento de la clínica, Las palabras y las cosas y La arqueología del saber. En la segunda etapa se aboca al tema del poder y está conformada por sus libros El orden del discurso, Vigilar y castigar, La voluntad de saber. En la tercera etapa reflexiona sobre la sexualidad en los tres tomos de su Historia de la sexualidad. Es necesario recalcar que cada una de estas etapas va acompañada por una profunda experiencia de vida, sobre todo las dos últimas, ya que tienen que ver con su activismo político y sexual.

 

La clasificación de estas tres etapas en la obra de Foucault en cierta forma es compartida por otros autores que se han ocupado de ésta. Basta revisar el Diccionario de pensadores contemporáneos (Barcelona, Emecé Editores España, 1996) dirigido por Patricio Lóizaga, o más recientemente el libro Después de Michel Foucault. El poder, el saber, el cuerpo (Lima, SUR Casa de estudios del socialismo,2006), en el que aparecen publicados los trabajos de reconocidos intelectuales peruanos además de un texto de Paul Rabinow, quien conoció personalmente a Foucault.

 

Creo que es necesario dar a conocer el contenido de estos trabajos porque pretenden analizar nuestra realidad peruana desde la perspectiva foucaultiana. En tal sentido resaltan el trabajo de Gonzalo Portocarrero “Foucault, el pensamiento como provocación para cambiar el mundo y embellecer la vida”, y  el ensayo de Carla Sagástegui y Tesania Velásquez titulado “Dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada. Una lectura foucaltiana del cuerpo de la mujer en el Perú de hoy”.

 

Gonzalo Portocarrero, después de hacer una revisión teórica de los planteamientos de Foucault en torno al saber y el poder, analiza el discurso historiográfico peruano a la luz de las ideas del pensador francés. Encuentra que el discurso impuesto por los españoles es un saber que deja de lado la violencia por considerarla inesencial y contingente, “como un desvío desafortunado de lo que debió ser un traspaso ordenado de la soberanía” (p. 39). En el siglo XIX, este discurso historiográfico fue parcialmente cuestionado por los criollos liberales, al intentar producir una “contrahistoria” que enfatice la violencia a la que fueron sometidos los indígenas; sin embargo, se vieron limitados porque  no pueden renunciar a su condición de dominadores.

 

González Prada, de acuerdo con Portocarrero, fue quien fundó la posibilidad de una contrahistoria  peruana en base al resurgimiento indígena, la toma de conciencia de los obreros y la participación de la juventud ilustrada. Esta contrahistoria peruana tiene afinidades con la contrahistoria de Europa. Ahí la lucha de razas se convirtió en lucha de clases y apareció el racismo de Estado. En el Perú, el discurso de González Prada fue asumido en la década de los años ’70 como “idea crítica”, que trató de convertir la lucha de razas en lucha de clases bajo la inspiración marxista; y además el racismo de Estado se manifestó al considerar al indio como un obstáculo para la integración nacional.

 

Las ideas planteadas por Gonzalo Portocarrero en base al pensamiento foucaultiano entran en perfecta consonancia con otras reflexiones actuales como los Estudios Postcoloniales o Postoccidentales, en los que la presencia de Foucault resulta ineludible. Igualmente,  el ensayo de  Carla Sagástegui y Tesania Velázquez, desde la perspectiva de los Estudios de Género, conjugan bien con las reflexiones de Foucault sobre el biopoder.

 

Estas autoras pretenden demostrar que en el cuerpo femenino se han ejercido violentamente los sistemas opresivos y controladores. Por ejemplo, en los medios rurales y más pobres del país la mujer no tiene conciencia de su cuerpo, porque está subyugada al control masculino, al abuso físico y el anatema público. Esto se evidencia más, según las autoras,  en el gobierno de Fujimori, cuando se llevaron a cabo campañas de esterilización forzada, aparentemente a favor de una política de planificación familiar. La capacidad de decisión de tener o no tener hijos era nula.

 

Para  Sagástegui y Velásquez,  la condición de las mujeres tiene ese mismo transfondo en otros ámbitos geográficos, temporales y sociales. En el siglo XIX, por ejemplo, el uso del corsé  provocaba una actitud física de sumisión y dependencia al gusto masculino, o actualmente el cuerpo de la mujer debe adecuarse a la ropa que la moda exige. Si bien es cierto, Foucault  no se ocupó directamente de este tema, las autoras advierten que “el control de los otros sobre nuestro  cuerpo, tan presente en el discurso moderno, puede subvertirse. Para lograrlo, debemos crear un nuevo discurso en el que el control sobre nuestro propio cuerpo surja de nosotras mismas.” (p. 122).

 

Estos dos ensayos que directamente han abordado los temas del poder y el saber, concluyen con un llamamiento a adoptar posturas éticas frente a la existencia. Dicha actitud ética implica entablar un diálogo con los “otros”,  pero sobre todo significa asumir la ética como estética, es decir hacer de la propia vida una obra de arte, como fue tal vez la propia vida de Michel Foucault.

 

 

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*Escritora arequipeña, ha publicado el libro de cuentos “Objetos de mi tocador” y varios artículos y ensayos en distintos medios.  Ejerce la docencia en la Facultad de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín-Arequipa.

 

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