1.Presentación
2.Sobria Ebriedad-Antonio Escohotado
3.Las drogas eliminan la libertad(extracto)-Alfredo de Amat Chirinos
4.Drogas y subjetividad- Roberto Garcia Salgado
5.Carta al señor legislador de la ley sobre estupefacientes-Antoine Artaud
6.Terence Mckenna-The culture is your operating system- http://www.youtube.com/watch?v=9c8an2XZ3MU
Hemos decidido dedicar un pequeño homenaje a la experiencia del viajero, no sólo la del migrante sino también la del nomade que sin partir del lugar hace una aventura que surca épocas, razas, territorios, que delira con ellas para ser más preciso. Esta puede encontrar muchas formas de efectuarse, en las sustancias, en la música, en la poesía, etc. Es a la vez entonces un pequeño homenaje a la vida, a la permanente e inevitable aventura que es vivir, que produce sus caminos sobre la marcha, entre encuentros y disyunciones, en un campo de batalla.
En aras de realizar nuestro cometido -aun que sea de un modo parcial en la web-publicamos aquí, trabajos que tienen la finalidad de plantear una discusión sobre la relación "Sujeto o producción de la subjetividad y las drogas" para así permitir la apertura a una nueva y no concluyente consideración sobre esta relación que nos acompaña desde épocas lejanas.
Aunque no desdeñamos la importancia que podría tener una detallada consideración sobre la relación sujeto-Estado, lo privado y lo público o la discusión sobre el fundamento de legitimidad que sostiene
Es en suma este un problema político y económico porque afecta por un lado las posibilidades de devenir de la sociedad y en consecuencia de sus individuos, por otro (el de la prohibición) porque amenaza los lazos sociales y el orden hegemónico, es decir el stablishment cultural fundado en la sobriedad y la razón a la vez que pone en cuestión la imposición del modelo único de administración sobre la vida, modelo que remite a coordenadas de sentido siempre presupuestas y que no hacen mas que sostener una visión mercantilista, puramente funcional, resentida como diría Nietszche.
Por: Antonio Escohotado*
Sobria Ebriedad
El prohibicionismo en materia de drogas es -cada vez más- un remedio que agrava el mal en lugar de evitarlo; su vigencia sostiene imperios criminales, corrupción, envenenamiento con sucedáneos y meros venenos, hipocresía, marginación, falsa conciencia, suspensión de las garantías inherentes a un Estado de derecho, histeria de masas, sistemática desinformación y -cómo no- un mercado negro en perpetuo crecimiento. Los millones de personas que mueren o son encarceladas, chantajeadas y expropiadas cada año en el mundo, y los muchos millones más expuestos cada día a semejante suerte no son un argumento pequeño; súmese a ello la atrocidad de que mueran o yazcan retorcidos por dolores perfectamente remediables un número todavía superior de personas y tendremos un cuadro realista de la situación.
Pero el cambio de esa pesadilla, la ley vigente, no sólo promete evitar de inmediato muchas cosas indeseables como la sobredosis accidental o involuntaria-, sino promover algunas deseables, empezando por la moderación misma. Aunque parezca imposible un mundo sin drogas, hay quien piensa que seria lo idóneo; tiene demasiado cerca la ganda prohibicionista para observar que las sustancias psicoactivas no se inventaron para hundir al ser humano, esclavizándole y mutilando su dotación orgánica, sino para ayudarle a sobrellevar desafíos vitales, mejorando su autocontrol y, en definitiva, su libertad y su dignidad personal.
La guerra a las drogas es una guerra a la euforia autoinducida y delata miedo al placer. El sufrimiento, tan común, coge a todos preparados y no suele exigir pedagogos; pero el placer -especialmente si se presume intenso- demanda una protección, que pedagogos oficiales se encargan de impartir por las buenas o por las malas, normalmente por las malas. Nada más oportuno entonces que recordar el concepto clásico de euforia así como la idea que otras culturas tuvieron y tienen de la ebriedad.
Hacia el siglo VI antes de Cristo, Hipócrates -creador de la medicina científica- recomendaba "dormir sobre algo blando, embriagarse de cuando en cuando y entregarse al coito cuando se presente ocasión". Preconizaba opio para tratar la histeria y concebía la euforia (de eu-phoria: "ánimo correcto") como algo terapéutico. Para él, como para Teofrasto y Galeno, las drogas no eran sustancias buenas o malas, sino "espíritus neutros", oportunos o inoportunos atendiendo al individuo y la ocasión.
Durante la era pagana, el vino y las bebidas alcohólicas son las únicas drogas que sugieren degradación ética e indigna huida ante la realidad. Ecos del reproche se remontan al primer imperio egipcio, prosiguen en la vieja religión indoirania y llegan a la cuenca mediterránea como dilema: ¿quiso Dioniso-Baco regalar a los mortales algo que enloquece o algo que ayuda a vivir? Los usuarios de cualesquiera otras drogas no interesan para nada al derecho ni a la moral, y cometeríamos un error creyendo que eran escasos. En
Las raíces del mundo occidental coinciden con las de otras innumerables culturas en un concepto a la vez profundo y claro de la ebriedad -alcohólica o no-, que en definitiva apunta a un acto de júbilo y abandono, pues -como señalara Nietzsche- es "el juego de la naturaleza con el hombre". Filón de Alejandría, padre de la corriente jónica vincula la palabra griega para ebriedad (methe) con el verbo methyeni, que significa "soltar", "permitir", y define al ebrio como quien se adentra en "liberación del alma". Platón, su maestro, no ignoraba que el ebrio puede caer en patosería, aturdimiento, avidez y fealdad, pero defendió vigorosamente el entusiasmo ebrio como antídoto para aligerar la tirantez del carácter y sus ropajes rutinarios, que suscita la interioridad original y aquella inocencia donde pueden aparecer a una nueva luz las cosas. Como resumiría mucho más tarde Montaigne, "los paganos aconsejaban la ebriedad para relajar el alma".
De ahí que el ideal grecorromano no fuese la sobriedad, sino la sobria ebrietas, la ebriedad sobria que faculta para gozar el entusiasmo sin incurrir en necedades. El sobrio no debe ser confundido con el abstemio, porque el primero es racional con o sin drogas, mientras el segundo sólo lo es sin ellas; uno puede penetrar en los pliegues de la desnudez, y el otro ha de rehuirlo para no avergonzarse ante los demás y ante su propia conciencia.
Esta constelación se derrumba al triunfar el cristianismo, que no sólo combate los cultos orgiásticos y extáticos de la religión pagana -apoyados casi siempre con drogas de tipo visionario- sino la propia medicina hipocráto-galénica, en nombre de remedios mejores corno exvotos, santos óleos y agua bendita; el saber farmacológico antiguo, será destruido, y se perseguirá como crimen de lesa majestad la eutanasia, que hasta entonces había sido considerada un signo de excelencia ética. El uso médico, moral, sacramental y recreativo de drogas distintas del vino constituye apostasía, desprecio por la fe verdadera. Los dispersos restos del saber previo quedan al cuidado de curanderos y curanderas, y la persecución de estos focos acabará suscitando una cruzada contra la brujería, que, por estructura y métodos, es un calco de la actual guerra a las drogas.
Para terminar les recuerdo que Europa recobró la farmacología científica -y libertad para hacer uso de ellas- cuando aparecieron las primeras fisuras graves en la monolítica unidad de
La cruzada contra las drogas tenido y tiene el mismo efecto que la crucada contra las brujas: exacerbar hasta extremos inauditos un supuesto mal, justificando el sádico exterminio y el expolio de innumerables personas, así como el enriquecimiento de inquisidores corruptos y un próspero mercado negro de lo prohibido, que en el siglo XVI era de ungüentos brujeriles y hoy es de heroína o cocaína. No quebrantaremos el círculo vicioso de la cruzada sin sustituir las pautas de barbarie oscurantista por un principio de ilustración. Las drogas son cosas que siempre estuvieron entre nosotros, que siguen estándolo y que van a continuar así. Dado el clima de alarmismo contraproducente, donde para los jóvenes usar lo ilícito es en parte rito de pasaje hacia la madurez y en parte coartada que sugiere declararse irresponsable, nuestra alternativa es excitar un consumo irracional de productos adulterados, o apoyar un uso informado de sustancias puras.
Demonizar las drogas sólo nos ha hecho más inermes, más crueles para con nuestros semejantes y más idiotas en sentido original, ya que idiotés nombra en griego clásico a quien delega indefinidamente en otros la gestión de aquello común, y por tanto suyo. No ya nuestra salud sino la de nuestros hijos y nietos pende de que recobremos su empleo como reto ético y estético personal -atendiendo a la aventura de libertad y saber allí subyacente-, sin desoír su valor como lenitivo mejor o peor para partes difíciles del vivir y vidas amargas. A mi juicio, sólo así podrán renacer en este campo un sentido crítico y una mesura dignos de su nombre, que fueron regla antes del experimento prohibicionista.
*El presente artículo fue tomado del diario "El país", publicado el 16 de Julio de 1994.
A continuación incluimos un fragmento del libro "Perú en drogas" escrito por Alfredo Eduardo De Amat (1976-2006) el que constituye una radical critica a la política antidrogas en el Perú. El autor discute los aparentes argumentos que sostienen la postura prohibicionista que son los mismos que dan el titulo a varios capitulos de la mencionada obra.
7. Capítulo V: “Las drogas eliminan la libertad”
(...)39 de 76 encuestados, es decir, el 51,31% opinan que las drogas “en la mayoría de los países su uso lleva a la autodestrucción personal (o sea las personas no están conscientes en sí de lo que hacen)”, “malogran la conciencia o la mente de las personas”, “la mayoría de estas nos quitan la presión, nos sacan de la realidad, nos incentivan a evadir situaciones críticas o problemas”, hacen que “la gente se comporte de otra forma, algunos sin saber si es bueno o malo”, los “adictos a las drogas [ilegales] dejan de comer para consumirlas, hacen lo que sea por comprar drogas, se prostituyen, etc.”.
En consecuencia, el drogadicto pierde su libertad, razón que justifica la intervención del Estado a efectos de prevenir el consumo, sancionar la producción y comercialización; y, proporcionar tratamiento obligatorio a los consumidores dado que son considerados por
En el Propósito y Naturaleza de
Como queda dicho al inicio del capítulo II “Análisis de los Prejuicios”, la valoración que
Si el discurso prohibicionista califica negativamente el consumo desde el punto de vista moral, está claro que asume que el consumidor, es decir, quien decide y ejecuta la acción de consumir, es una persona que tiene, en cierto grado, conciencia de sí misma y por lo tanto es libre. Al juzgar moralmente la conducta de una persona, implícitamente se le está reconociendo dos características fundamentales: conciencia de sí y libertad –en su acepción positiva: capacidad de decisión y ejecución–.
Prueba de la inexistencia del mito de la tentación irresistible que anula voluntad individual son aquellos pensadores, artistas y políticos (entre estos últimos podemos mencionar al propio George Washington que cultivaba marihuana en la huerta de su residencia para su consumo[1]) cuyo consumo habitual no significó una aniquilación de la voluntad sino todo lo contrario: el fortalecimiento de su personalidad y el máximo desarrollo de sus potencialidades.
Sin embargo ¿qué ocurre con el consumidor inmoderado, el adicto, tiene o no libertad?
Es posible, por cierto, cuestionar la libertad de un sujeto que consume drogas de manera inmoderada ya que al ser este tipo de consumo evidentemente dañino para su salud tanto física como espiritual es posible suponer que dicho sujeto no es consciente de aquello que más le ha de beneficiar puesto que se conoce poco o mal. Carece pues de una adecuada conciencia de sí.
Sin embargo, que un consumidor de drogas carezca de un adecuado autoconocimiento, no tiene por qué llevarnos a adoptar una actitud paternalista sobre el sujeto puesto que ello implicaría que un tercero estaría en mejores condiciones que dicho sujeto para conocer sus necesidades y por tanto establecer lo que más le conviene para su mejor desarrollo. Como dice Nietzsche, “ninguna experiencia, por ejemplo, concerniente al hombre, aunque éste fuese el más próximo a nosotros puede ser completa, de suerte que tuviésemos un derecho lógico a hacer de él una apreciación de conjunto: todas las apreciaciones son apresuradas y deben serlo. Por último, la unidad que nos sirve de medida, nuestro ser, no tiene una magnitud invariable, tenemos tendencias y fluctuaciones y, sin embargo, tendríamos que conocernos nosotros mismos por una unidad fija para hacer de la relación de algo con nosotros una apreciación justa”.[2]
Y como esa unidad fija no existe, la apreciación que hagamos de un tercero estará en función de nuestro propio punto de vista, que dicho sea de paso es el único punto de referencia que utilizamos para juzgar al otro. Será por tanto una apreciación producto de nuestras tendencias y fluctuaciones que habremos de imponer al sujeto. Esta actitud implica que el tercero se superpone al sujeto al determinar lo que a éste le conviene. La valoración no procede del sujeto mismo sino de un tercero e impuestas sobre aquél. Se produce pues la negación del sujeto en favor de una supuesta supremacía de la perspectiva del tercero.
La falta de conciencia a la que se hace referencia en el caso de un consumidor inmoderado de drogas es posible advertir también en muchas otras conductas frente a las cuales no se reacciona de la misma manera. El voto es un derecho que generalmente se ejerce sin mucha conciencia y los resultados son tanto o más dañinos que el consumo inmoderado de drogas puesto que afectan a todos. Sin embargo, nadie se propone cuestionar la libertad del votante irresponsable y poco informado y tomando esto como base hacer que un tercero en función al principio paternalista, suplante al votante en el ejercicio de su obligación a fin realizar una mejor y más responsable elección.
Constituye un absurdo pretender solucionar el problema de la falta de libertad y responsabilidad de un sujeto suplantándolo en sus decisiones. El problema radica como hemos visto en una falta de autoconocimiento, en la ignorancia de las propias necesidades y posibilidades de satisfacción. Por tanto, la solución no está en mantenerlo en perpetua ignorancia acerca de sí mismo sino en alentar o por lo menos en no impedir el proceso que demanda la asunción de consciencia o autoconocimiento.
La pluralidad en la información es un elemento decisivo para este proceso. La libertad de información se convierte en una pieza decisiva para la maduración del sujeto. Prohibir la circulación de discursos diferentes a los oficialmente permitidos impide que el sujeto asuma por si mismo una posición frente a determinados problemas.
En tal sentido, la educación democrática entendida como una tarea que fomenta la capacidad crítica y autocrítica en base a discursos diferentes es la única alternativa para contribuir a la formación de una conciencia madura y por tanto al desarrollo de la libertad y de la responsabilidad del sujeto.
En consecuencia la información plural sobre el consumo de drogas y el consumo de drogas como práctica ética constituyen herramientas idóneas para propiciar la liberación del sujeto. Para entender esta afirmación hay que recordar la noción de libertad que planteáramos al inicio: la libertad positiva, que como se dijo, implica la necesidad de hacer conscientes nuestras necesidades más importantes juzgadas desde nuestro propio punto de vista a fin de satisfacerlas. Para ello es indispensable la libertad negativa, es decir, la ausencia de interferencias que provengan de terceros que impidan esa labor de autoconocimiento y satisfacción de las necesidades.
Las drogas son sustancias que actúan no sólo a nivel del cuerpo sino que alteran la percepción afectando profundamente el espíritu. Esta capacidad hace que, según la manera de empleo de las drogas que dependerá de lo que el sujeto piense de ellas así como de la dosis, puede contribuir tanto a encadenar el alma como propiciar su liberación.
Esta liberación se da como consecuencia del autoconocimiento que tales sustancias favorecen. Al igual que la meditación, el yoga, etc., las drogas principalmente las drogas visionarias o enteogénicas, que constituyen un sucedáneo de aquellas técnicas, propician la mirada interior, la mirada hacia uno mismo, facilitando la introspección, la autocrítica. Según Octavio Paz, “la droga sirve para penetrar más profundamente en sí mismo. A semejanza de otras experiencias de veras decisivas, la droga trastorna la ilusoria realidad cotidiana y nos obliga a contemplarnos por dentro. No nos abre las puertas de otro mundo ni pone en libertad a nuestras fantasías; más bien abre las puertas de nuestro mundo y nos enfrenta a nuestros fantasmas.” (Paz 1967:82).
Con la mirada vuelta hacia uno mismo, es posible advertir las necesidades más importantes que el sujeto debe satisfacer para liberarse de las limitaciones que ellas imponen. Mientras más necesidades fundamentales se hayan satisfecho, más libre será el sujeto. De esta manera las drogas pueden propiciar la liberación siempre y cuando éste sea el objetivo que busca al momento de consumirlas. Las drogas no convierten automáticamente a una persona en un ser libre. No se da en forma de un proceso causal. Para que ello resulte es necesario que el experimentador quiera reflexionar sobre sí mismo con honestidad. La actitud que asuma el experimentador es crucial en el encuentro con la droga.
Por el contrario, dependiendo de la concepción que el sujeto tenga sobre las drogas, su encuentro con estas sustancias puede hacer de él un ser menos libre, pues el modo de uso será el producto de su cosmovisión[3]. Así, el sujeto que ha sido afectado por el discurso oficial sobre las drogas, es decir, que está convencido que estas sustancias son esencialmente dañinas y que si son consumidas se está cometiendo una falta moral muy grave, sufrirá la consecuencia de un consumo inmoderado e incontrolable como resultado de un mecanismo psicológico de autosanción. La consecuencia no será la liberación, sino el encadenamiento a una sustancia que consumida inmoderadamente le causará serios trastornos en el cuerpo y el espíritu. En este sentido, podemos afirmar que
Esta injerencia que constituye el discurso moralista de las drogas vulnera la libertad negativa de no intromisión en asuntos que sólo incumben al sujeto haciendo imposible que pueda ejercer su libertad positiva, es decir, conocer sus necesidades, satisfacerlas y hacerse libre. En consecuencia, no son las drogas las que limitan la libertad del consumidor sino el discurso moral en torno al consumo. Este discurso impide el autoconocimiento del sujeto al privar al sujeto de la información necesaria acerca del consumo ético de drogas[4].
[1] El 07 de agosto de 1765 Washington escribe en su diario: “He comenzado a separar las plantas macho de las hembras en la hondonada pantanosa, quizá demasiado tarde” Para Escohotado, estos escritos sólo pueden entenderse “como propósito de obtener marihuana de la variedad que hoy se llama sin semilla, mucho más valiosa como droga que la ya germinada”. (Escohotado a1998:18 t2).
[2] En “Humano, Demasiado Humano” de Friedrich Nietzsche. Editorial EDAF, Madrid, 1984, p. 64
[3] Ver Capítulo VII “Las Drogas son Adictivas”.
[4] Para una explicación más extensa ver capítulo VII “Las Drogas son Adictivas”.
Por: roberto garcia salgado*
Drogas y subjetividad
-Del entusiasmo y la racionalidad-
<<Las cosas de las que más se habla son las que menos existen. La ebriedad, el goce, existen.>> Schinitzler, La ronde.
A manera e introducción
A lo largo de la historia cultural de la humanidad, la relación entre las drogas y la subjetividad ha estado presente de manera inquietante: Desde la ebriedad profana con los testimonios de opiofagia en los lacustres poblados de algunos lagos suizos y el norte de Italia –fechables hacia el siglo XXV a. C.-; la ebriedad sagrada de los Vedas y las figuras chamánicas, por lo menos desde el siglo XV a. C., con el uso de la ghanja (marihuana) o haschisch. Sin olvidar, desde luego, la América precolombina con el teonanácatl, el ololiuhqui y otras variadas plantas y cactáceas y la importancia de la Grecia antigua y sus misterios eleusinos vinculados a los procesos de iniciación en la muerte y el renacimiento místico[1], hasta el uso de sustancias modernas propias de la tecnocracia ficticia y cínica que caracteriza a las sociedades posindustriales representadas en las drogas de diseño (por ejemplo, el éxtasis) y los sucedáneos somas en busca de la felicidad: el dinero y el éxito representantes de las sociedades de consumo.
El propósito de este ensayo, pretende describir brevemente la relación existente entre la subjetividad y las drogas como vehículos para conseguir estados extáticos, y destacar los esfuerzos culturales, iniciados en la filosofía griega, para imponer la sobriedad y la racionalidad contra el entusiasmo y la ebriedad en el desarrollo de la humanidad, mediante las admoniciones platónicas que dan sustento a la cultura de la abstención y, posteriormente, a la cultura prohibitiva-preventiva-persecutoria de la actual lucha contra las drogas y las consecuencias en la salud y en la moral aducida por especialistas desembriagados[2], como muestra de la transformación erigida en la subjetividad humana y el papel del Estado en la prohibición de las sustancias en el plano individual y privado de la condición de sujeto libre y autónomo.
De la Abstención a la cultura de la prohibición-prevención-persecución[3]
El análisis de las drogas es una historia épica[4]. Apenas leemos una página sobre su presencia en la vida cotidiana y los antecedentes muestran un panorama de encontradas resoluciones históricas y socioculturales. Diseminadas entre narrativas poéticas o relatos históricos[5], las sustancias dan cuenta de su recurrente contacto con los seres humanos y los efectos que se han manifestado en consuno para construir la complejidad de su relación y el carácter laberíntico de la argumentación y la sobriedad[6] y, sus antípodas, el entusiasmo y la ebriedad.
De las enseñanzas del Sócrates platónico se desarrolla la construcción de una historia cultural de la abstinencia, una amonestación que perdura hasta nuestros tiempos como el terraplén epistémico que sustenta a la racionalidad y a la sobriedad como la senda gestada y parida de la admonición clásica[7]. Para comprender los argumentos actuales de la prohibición como paradigma cultural de la prevención a las drogas, es menester recurrir a los avatares históricos que los principios prohibicionistas han sufrido en las conciencias inquisitivas actuales de los preventólogos y autoridades del cuidado de la vida y de la salud en la polis.
La historia de las drogas está plagada de acontecimientos y circunstancias muy propias de lo que Peter Sloterdijk llama el complejo drama psicohistórico[8]. El uso de las drogas en la antigüedad se muestra abigarrada de intereses económicos, políticos, ideológicos, culturales y, sobre todo, epistémicos. Sus complejos usos paliativos, alucinantes, sedantes, y su largo proceso de adaptación a los entornos socioculturales, que le dan simbolismo, nos conducen por una senda preventiva, de lo denominado problemático y moralista y, desde luego, de impresionantes e inimaginables debates académicos, o en ocasiones pseudo-académicos.
Las sustancias –no sobra decirlo milenarias- hoy conocidas vulgarmente como drogas, y sus múltiples significados al interior de las ciencias sociales y biomédicas asumidas en la actualidad como una “preocupación”, cuentan ya con una larga trayectoria que suma diferentes posiciones entre las disciplinas/profesiones, hoy por hoy, llamadas a dar cuenta sobre el tan mencionado origen del “problema de las drogas”, y sus implicaciones en la salud y, desde luego, sus funciones en la convivencia diaria de hombres y mujeres. Los usos considerados “no problemáticos”, vigentes aun en la tradición oral y escrita de las culturas tradicionales diversas, tienen su vuelco histórico en la existencia de los intereses políticos y éticos[9] que dan origen a la Prohibición moderna. De Acuerdo con Del Olmo “las drogas se han dividido en dos categorías que se excluyen mutuamente: drogas ‘buenas o inocuas’ vs ‘drogas malas’; entendiéndose por ‘peligrosas’ por su posible daño social, nocividad o posibilidad de crear dependencia”
Si las drogas han estado siempre entre los hombres y las mujeres y sus dolencias, búsquedas de placer o de trascendencia del Ser, ¿qué es lo que hace peligroso al consumo de drogas? Se pueden ofrecer diversas respuestas que, más tarde, entronizarán a sus autores, tal vez porque muchos de ellos, lejos de atender el consumo de drogas con álgida seriedad filosófica, atendiendo a sus intereses, defienden los conceptos más relevantes del discurso estratégico entre la población y, desde luego, me refiero a la moral en turno y a la salud reducida a lo orgánico.
En efecto, la salud es una de las preocupaciones naturales y creadas entre cualquier grupo humano y una de las posibles consecuencias por el consumo de drogas más evidente; por otro lado, la moral es un consenso que determina lo bueno y lo malo de un colectivo, lo sano de lo insano, lo adecuado de lo inadecuado. Bajo esta concepción se han privilegiado los discursos medicalistas que respaldados en los supuestos alfabetizados y su consecuente estatus social, han satanizado el discurso y la práctica de las drogas y de aquellos que las consumen etiquetándoles como inconscientes, perversos, viciosos, insanos, entre otros calificativos, pertenecientes a esa suerte de sujetos incapaces de defenderse ante la “enfermedad” bajo etiqueta del “el individuo inculpado”.
En este sentido, conviene mencionar en aras de la claridad, que la idea de prevención, en materia de drogadicción, responde a los intereses de cualquier otra materia orientada al control social. La palabra prevención deriva de la idea de anticipación. Anticipar implicaría desde los ángulos de lo privado reflexionar y elegir las ideas/acciones consideradas por los propios sujetos pertinentes para su contexto y subjetividad personal. Sin embargo, desde lo público la prevención como anticipación marca las pautas de la intromisión/participación del Estado desde sus órganos de control para definir y decidir las pautas que van a servir de garantía para las personas y la sociedad, frente al peligro que representan las drogas, de acuerdo con el juicio de valor establecido
Sin ánimo de distanciarnos del transitado discurso histórico del entusiasmo y lo racional de las drogas, insistiremos en la importancia de cómo se construye el discurso que lejos de allanar los caminos abigarra con premisas de un paradigma represivo de notados fracasos y daños adicionales importantes en la subjetividad del individuo y del propio tejido social. Como adelanto de las posibles conclusiones encuentro, pues, que el peligro más evidente alrededor del llamado problema de las drogas, es sin duda la construcción lingüística satanizada y la práctica persecutoria, represiva y medicalista de las instituciones que ideológicamente legitiman[10] sus acciones bajo la defensa de la moral social contra la que atentan los consumidores con sus acciones.
El prohibicionismo moderno, surgido de las concepciones morales del mentor universal que es Estados Unidos, ha desatado una posición castrante más adictiva y perjudicial per se que las propias sustancias. Las admoniciones resultantes de esta historia psicológica de la Grecia antigua y su cielo común de Eleusis con sus drogas iniciáticas, han dado paso a las cruentas prácticas modernas de la prohibición-prevención-persecución, estrictamente orientadas contra el entusiasmo y la epifanía con una declaratoria bélica y una Ley contra las Drogas que enaltece la desembriaguez y subestima a la extática sometida a la retórica.
Llevar a cabo una descripción histórica de la existencia de las drogas en la línea del tiempo y sus diferentes usos, resulta, sin duda alguna, una magna tarea, una retrospectiva para entender las preocupaciones actuales de una sociedad occidental sobre sus adictos, en la cual el entronamiento de la razón se matiza de rasgaduras y escisiones por sus abusos y sobreentendidos desde las conciencias normales de la vida sana y de calidad.
El eclecticismo acomodaticio de diferentes investigadores en el terreno de las drogas y sus vínculos con el uso de éstas, es de una evidencia rutilante entre aquellos que desde los senos académicos estudian las identidades o culturas juveniles y de aquellos que desde los claustros sahumados de poder judicial o de procuración de justicia detallan bajo nigromancias conceptuales, ausentes notoriamente de respaldos epistémicos serios, relaciones perversas de la vida juvenil contra la moral en turno y su capacidad destructiva de las reglas y normas vigentes del buen vivir. Así el sentido de los discursos actuales esgrimidos por los juvenólogos-preventólogos, tendrían que sobreponerse a las proclamas vindicativas de la verdad provenientes del altavoz de la moral y comprender las intranquilidades de la sociedad contemporánea occidental respecto a sus miembros adictos en una perspectiva de amplitud histórica.
Se muestra que la corriente obedece a la tendencia global del proceso de, la ambicionada, civilización. La civilización, al más puro estilo occidental, se interpreta como el proceso de imposición de drogas sustitutorias.
Escrito con drogas: De Eleusis al templo de la tecnocracia ficticia
Al cabo de un rato se dio cuenta de que aún tenía
los trozos de la seta, y se puso con esmero manos a la
obra, mordisqueando primero de uno y luego de otro,
a veces crecía en tamaño y otras se encogía, hasta que
atinó a alcanzar su estatura habitual
Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas
La antigüedad no es terreno de silencios y ausencias del consumo de drogas, es, sin duda alguna, el histórico acápite primigenio de la acalorada discusión ética[11] del uso de sustancias y su devenir prohibitivo-preventivo. Los relatos erigen pitonisas, chamanes y, ya posteriormente, médicos y cientistas sociales.
Narrar el inicio de la prohibición-prevención, nos remite a la impresionante documentación y piélago de anécdotas documentadas al menos durante los últimos doscientos años, perspectiva cronológica que comienza con los estudios referentes al opio, posteriormente la cannabis, más tarde la coca y la cocaína y, ya más cercanamente, las investigaciones de la amplia variedad de drogas alucinógenas y drogas sintéticas. Los principales actores en el consumo de drogas con frecuencia pertenecen al círculo de artistas, escritores y científicos cuyos testimonios aducen la condición jánica[12] de las drogas. El patrón existente entre estos actores de finales del siglo XVIII en adelante, evidencian en sus obras, hallazgos y tradición epistolar sobre la influencia de las drogas en sus vidas y sus psico-efectos en sus quehaceres creativos.
Las drogas y la subjetividad se hermanan, en cuanto a que como afirma Sloterdijk, en una época las drogas actuaban, sobre todo, como vehículos de un tráfico fronterizo metafísico y ritualizado. En donde la subjetividad significa, en la era antigua de las drogas sacras, una disponibilidad o accesibilidad elevada para lo no-siempre-manifiesto y, sin embargo, más supremamente real, que acostumbra a descubrirse en estados psíquicos excepcionales. El interior humano se abre y ofrece en la medida en que se orquesta y pantalla para la epifanía de fuerzas sobre y extrahumanas cuyos representantes sacros podrían ser cualesquiera de las sustancias que, en la moderna jerga farmacéutica, se llaman drogas.
Quiero enfatizar el evidente relato psicohistórico de las drogas mediante un distintivo lingüístico de lugar común denotado por las drogas del antes y del después. Las drogas -del antes- santas sahumadas de la influencia eleusina con dones mágico-religiosos, festivos y medicinales muestran un recorrido que engloba una titánica batalla entre embriaguez y sobriedad. Los usos diversos de estas sustancias entre los antiguos griegos no se resumían a un abstracto y descontextualizado uso de las mismas. Los misterios eleusinos poseían una incomparable importancia política como símbolo de unidad dentro del pluralismo. Esta batalla iniciada hace varios milenios descuella por un devenir de amplitud histórica que debe contribuir a la búsqueda de una justa medida de la sobriedad, combinada con la justa medida de exaltación o misión la cual se escenifica en una guerra mundial de fondo en la cultura que responda a la forma o a las formas para manipular el peso del mundo, hoy por hoy, descomunalmente agobiante. Las drogas del después, sustitutorias de lo sacramental y encargadas de soportar y aligerar este peso metafísico u ontológico, aparecen en la escena de la modernidad bajo la omnímoda relación de droga-adicción. Las drogas del después, despojadas de su status fármaco-teológico del mundo antiguo, soportan la designación defectuosa de la palabra droga con un interés en su identificación químico-farmacéutica y policíaco-cultural. “Los hombres modernos son gente que se han puesto a resguardo de revelaciones... Tenemos a nuestra homogénea y prosaica versión de la realidad y a nuestro estado interior cotidiano y sobrio por algo tan normal y normativo que todo el resto sólo es considerado como ilusión y desvarío. Nada habría para nosotros más perturbador que la irrupción de nuevas manifestaciones de un más allá que reclamara derechos de validez como cultura oficial”[13].
Bajo esta última designación de relación entre las drogas y la subjetividad humana, se hace comprensible la “racionalidad occidental” materializada ejemplarmente en un sacramento de la privación. La modernidad solo reconocerá los misterios de la droga sustitutoria: el culto del dinero y del éxito intramundano.
El tránsito de los abiertos cielos eleusinos a las asfixiantes bóvedas de la modernidad tecnocrática, han colocado a algunas drogas (desde luego a las connotadas como ilegales) en el plano de la desestimación social despojándoles a su vez de su capacidad integradora con el mundo. La asociación de droga- adicción representa, esencialmente, una vinculación moderna. Jacques Derrida señala: “En cuanto el cielo de la trascendencia se queda despoblado, una retórica fatal invade esa plaza vacante y ésa es la del fetichismo toxicómano”[14].
La relación droga-adicción es una suerte de transformación de la embriaguez sacra a una embriaguez no informada o de formación no específica, es un enfrentamiento a la apertura de las puertas a estados interiores desacostumbrados donde el sujeto no accede ya a un más allá. La pérdida de los diálogos trascendentales imponen a los sujetos un trato llano y desritualizado con las poderosas sustancias. Sloterdijk afirma: “En cuanto desaparecen los asideros rituales que, en el consumo de drogas sacras, protegen al sujeto, éste se halla en una relación directa y sin protección alguna con aquello que, según toda experiencia, es más fuerte que el propio Yo profano”[15].
¿Y entonces la prevención?
Atendiendo al hecho de la existencia de las sustancias psicoactivas como un descollado constructo paradójico, en el cual el significado se desdobla entre las representaciones de la figura de chivo expiatorio, demonización tanto de los países líderes de la cruzada antidrogas, como desde la de aquellos que las producen –y a quienes les compete enfrentar y resistir el destino de la política de represión con el sello de la extracción del mal-. Cabría recurrir a las palabras indicativas de Jacques Derrida quien menciona:
“Es imposible una definición objetiva de la palabra droga, pues no se trata de un concepto sino de una consigna cuyo valor social está dado por su capacidad para encarnar y simbolizar el mal.
“La ‘droga’ es también una palabra y es un concepto, aun antes de que se le pongan comillas, más para marcar su mención que para servirse de ellas, pues las cosas mismas no son vendidas, compradas o consumidas[...] en el caso de la droga el régimen del concepto es diferente: no hay droga en la naturaleza. Pueden darse venenos naturales y también venenos naturalmente mortales, pero no lo son en cuanto drogas[...] Como el de toxicomanía, el concepto de droga supone una definición instituida, institucional, necesita una historia, una cultura, unas convenciones, evaluaciones, normas, todo un retículo de discursos entrecruzados, una retórica explícita o elíptica[...] Para la droga no se da una definición objetiva, científica, física[...]
“De aquí hay que concluir que el concepto de droga es un concepto no científico, instituido a partir de evaluaciones morales o políticas, que lleva en sí mismo la norma de la prohibición”. [16]
La acción preventiva de sustancias psicoactivas, nombre que desvela una mejor acepción a la vulgata construcción ideológica de drogas, desde cualquier idea o terreno práctico, es una manifestación de control social. La tarea cumplida en la idea de anticipación conlleva a la articulación de intereses de quienes tienen el compromiso de evitar la presencia de algo acompañado de un juicio de valor. Así, el ejercicio preventivista desde cualquier trinchera es un acto de imposición e instauración de principios unilaterales y controversialmente éticos. ¿Quién está autorizado a prohibir-prevenir-perseguir el goce y el descubrimiento interior de los individuos?
Al presentar a los individuos –sobre todo a los jóvenes- como seres pasivos frente a su relación con la sustancias psicoactivas y el asedio de las fuerzas destructivas que éstas comportan, se institucionaliza con el recurso poderoso del discurso[17] la imagen de una persona que no tiene alternativa diferente a respaldar las salidas represivas que le ofrecen sus dirigentes, de manera implícita se da a entender que la solución al problema depende del fortalecimiento institucional y de la efectividad del aparato policial. Sueño autoritario que es reforzado por una información orientada a cumplir una función puramente ritual, que en vez de ayudar difunde un sentimiento de desamparo, el mismo experimentado ante los efectos de una catástrofe[18].
De este modo, en la consistencia de los discursos –que se despliegan sobre las sustancias psicoactivas y sobre la juventud como principal referencia de una relación perfecta para la noción de urgenticidad social-[19] las condiciones sociales no solamente determinan las reglas de emergencia de los mismos, sino que los propios discursos producen sujetos en los individuos, a partir de dominios y relaciones de poder.
Consideremos ahora que ningún programa prohibitivo-preventivo-persecutorio está ajeno a los placeres del poder y del dominio. Los catalogados como programas de cero tolerancia y los conocidos como programas orientados a la reducción de daño, extremos que en su continum albergan programas de diversas modalidades sahumados de intereses tan diversos como las formas de asumir el realismo de las sustancias psicoactivas, expresan en sus premisas y acciones formas de poder ejercidas sobre la vida cotidiana y enunciadas en la clasificación de individuos en categorías, que les designan un atamiento a su propia identidad, que les imponen una ley de verdad que deben reconocer y que los otros deben reconocer en ellos. Es una forma de poder que transforma a los individuos en sujetos[20].
En este orden de ideas, la prevención en cualesquiera de sus acciones se inscribe al amparo de un humanismo bienhechor. Posición humanista ésta, que en palabras de Foucault “corrompe la aproximación del problema planteado por las drogas” puesto que, en su opinión, como forma discursiva, dicho humanismo produce un conjunto de motivos para los cuales el hombre occidental se encuentra sujetado, al mismo tiempo que se le hace creer lo contrario. “El humanismo resulta fecundo para inventar toda una serie de ‘soberanías sujetadas’[...] el individuo, soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza o a las reglas de la sociedad”.[21]
Perfilados en esta línea de cuestionamientos pertinentes sobre la actuación de la prevención de sustancias psicoactivas tanto ilegales como legales –términos que desatan un terreno de discusión y política- Wallerstein apunta (1988) :
El tan discutido problema de la drogadicción es real si por real entendemos que un gran número de personas en todo el mundo consumen diferentes drogas ilícitas y, por su puesto, alguien tiene que estarlas produciendo y comercializando. No se trata de que la culpa (0 la explicación) radique en los consumidores o vendedores. El consumo es obviamente un signo adicional de desintegración social o de rebelión, o de deslegitimación del sistema histórico existente. Y la industria es, en consecuencia, una de las más rentables en la actualidad y necesariamente la dirigen mafias, que propician la corrupción de funcionarios públicos en forma masiva. La realidad es que después de unos treinta años de aparente preocupación por parte de los gobiernos de todo el mundo, el nivel de rentabilidad y el nivel de consumo son probablemente más elevados que nunca”[22].
En esta perspectiva resulta relevante considerar el carácter de comercialización que la droga adquiere en una economía-mundo, consideración que suscribe la noción de la concepción de la prevención destinada a las consecuencias del consumo en cualesquiera de las esferas que comportan al individuo, ni mucho menos a la superación de los embates de la tradición de descubrimientos internos, ni mucho menos al reconocimiento cultural de la capacidad destructora de las sustancias. En estricto apego a la fenomenología de las sustancias psicoactivas “ya no deben de ser abordadas en términos de libertad o prohibición, sino que deben estar integradas como fuentes de placer en nuestra cultura “[23].
En palabras propias de Foucault:
“Las drogas forman parte ahora de nuestra cultura. De la misma manera que hay buena y mala música, hay buenas y malas drogas. Y por lo tanto, así como no podemos decir que estamos ‘en contra’ de la música, no podemos decir que estamos ‘en contra’ de las drogas[24].
Aventuro así, las siguientes reflexiones finales que no conclusiones:
La dinámica preventivista se sustenta en la ejecución de acciones embriagadas de juicios de valor que evidencian al individuo inculpado e incapaz de resolver el problema en el que ha entrado y la suerte de profesionales (unos y otros no) encargados de rescatar con acciones visibles del ejercicio de poder, mediante legitimaciones taxonómicas difundidas en la nosografía siquiátrica o mediante el salvamento tutorial de aquellos que venido de las crueles experiencias con las drogas y por haber salido de ellas, les faculta para orientar a otros y determinarlos en cuanto a su identidad culpígena que sobrellevarán como una penitencia social el resto de sus vidas y cuyos pagos y perdones serán evaluados por quienes co-participaron en la construcción de ese problema.
Al mismo tiempo que la construcción del problema de las drogas buscó y encontró en los jóvenes a sus principales protagonistas, gracias a las propias dinámicas del preventivismo institucional. Los jóvenes encontraron los canales, subrepticiamente propuestos por el sistema mismo, de la seducción narco/empresarial político/empresarial y militar, y así olvidar las funciones sociales tradicionales de las sustancias psicoactivas, para entronarlas como los medios para alcanzar la ficticia y popularizada felicidad del enriquecimiento expedito y lúdico, gracias a las bondades otorgadas por la madre naturaleza.
La construcción de vínculos entre violencia y consumo de sustancias psicoactivas protagonizados principalmente por los jóvenes, nos muestra la concedida identidad de sospecha y peligrosidad para el orden social establecido por los adultos y sus instituciones. Quienes son, finalmente, los verdaderos autores y directores de la existencia de la violencia conocida y respaldada por las sanas corporaciones jurídico/policíacas encargadas del orden y la justicia.
Esta última relación perversa y devastadora, se erige como la mampara social que legitima y encubre, por un lado los actos represivos que rescatan a los ciudadanos normales y sanos, de los anormales y enfermos, capaces de alterar la normalidad de vida en cualquier tejido social. Y por otro lado, funciona como el distractor sublime para no cuestionar el gran déficit de las instituciones encargadas de generar empleos, ofertar oportunidades académicas, ofrecer espacios de expresión cultural juvenil, principalmente.
Así entonces, la prevención es el constructo lingüístico de la modernidad, provisto de una multivocidad enigmática que lo mismo conduce por los senderos de la liberación y de-sujetamiento de las drogas. Y por otro lado, es el ejercicio más claro de poder para sujetar/someter mediante nigromancias discursivas en los intersticios de la intersubjetividad a aquellos que por consenso cultural desempeñan el papel de chivos expiatorios con su fetiche social la, “droga”.
*Docente de la Universidad Nacional Autónoma de México en la Maestía en trabajo social y Especialización en trabajo social en modelos de intervención con jóvenes. Ha publicado el libro "Seguridad publica", en coautoria con Pedro José Peñaloza.(Edit, Porrúa, México, 2005); y ensayos como "Las adicciones: del concepto a la reflexión crítica", "Drogas, derechos y reducción de daños" en la revista Liber addictus.
[1] Cfr. Escohotado. A. (1999) Historia General de las Drogas. Edit. Espasa, Madrid, España.
[2] En el momento en que la extática quedó sometida a la retórica , se desarrollo una magia civil cuyos discípulos comenzaron a dedicarse a oficios en apariencia completamente desembriagados como políticos, psicólogos, oradores, educadores y juristas. En: Sloterdijk, P. (2001) Extrañamiento del Mundo. Edit. Pre-textos. España.
[3] La triada conceptual encierra en sí misma la influencia que sobre la subjetividad tienen las diferentes prácticas que desestiman la epifanía y el entusiasmo como experiencias que los hombres modernos deben evitar para resguardarse de revelaciones que den evidencia de autoafección patológica o de un dispositivo de conciencia que se engaña y usa impropiamente.
[4] Lo épico en este sentido se refiere a la relación de las drogas con personajes y hechos grandilocuentes o heroicos, no distante de lo épico literario, los relatos sobre drogas contienen en si mismos aspectos histórico-mágico-religiosos de alto nexo a las creaciones poéticas y actos heroicos en la historia de la humanidad.
[5] Lo épico en este sentido se refiere a la relación de las drogas con personajes y hechos grandilocuentes o heroicos, no distante de lo épico literario, los relatos sobre drogas contienen en si mismos aspectos histórico-mágico-religiosos de alto nexo a las creaciones poéticas y actos heroicos en la historia de la humanidad.
[6]Foucault define los conceptos de historia y contrahistoria. El discurso histórico, en tanto práctica consistente en contar la historia ha permanecido por mucho tiempo emparentado con los rituales del poder, es decir, parece que el discurso de lo histórico puede ser entendido como una especie de ceremonia, hablada o escrita que debe producir en la realidad una justificación y un reforzamiento del poder existente. La historia siempre está escrita por los vencedores. El discurso histórico tiene una doble función: por un lado se propone ligar jurídicamente a los hombres a la continuidad del poder a través de la continuidad de la ley, que se muestra justamente dentro del poder y de su funcionamiento; por el otro, se propone fascinarlos mediante la intensificación de la gloria de los ejemplos de poder y de sus gestas. La historia es un operador, un intensificador del poder.
[7] “Hace dos mil quinientos años, El Sócrates platónico introdujo una admonición previa contra el entusiasmo, en términos filosóficos, cuyas consecuencias, incluso hoy en día, siguen siendo difíciles de aquilatar”… De entonces a esta parte, la filosofía es más ciencia que inspiración, más el avance en el curso seguro de las ideas que el extravío en el bello riesgo del entusiasmo”. En: Sloterdijk, P. (2001) Op. cit.
[8] “Desde Aristóteles, pertenece al código de honor de la comunidad argumentadora la convicción de que es mejor perder el hilo estando sobrio que expresarse con la más eximia de las inteligencias estando drogado”. En: Sloterdijk, P. (2001) Op. Cit.
[9] Sloterdijk, P. (2001) Op. Cit.
[10] Dentro de las políticas antidrogas, la concepción preventivista implica el reconocimiento de un juicio de valor, juicio que se aprecia nítidamente en los criterios de drogas con etiquetas de lícitas e ilícitas. En donde las primeras son referencia de lo negativo o identificable con el mal. Estro comporta criterios de anticipación regulatoria por la vía del control social por considerarlas peligrosas para la integridad mental de los individuos.
[11] La legitimidad es uno de los ejes centrales de estos diferentes discursos sobre el sistema democrático. Por una parte los discursos sobre la democracia atribuyen validez a los significados que transportan, en cuanto a conocimiento, explicando lo que son. Y por otra parte a través de la justificación conceden carácter normativo a la dimensión práctica. Como afirma Berger y Luckman:
{… La legitimación no sólo indica al individuo porque debe realizar una acción y no otra; También le indica por qué las cosas son como son.
[12] Al referirnos a la importancia de la Ética y sus implicaciones con el consumo de drogas, es menester mencionar que esta relación contextualiza los principios filosóficos o teóricos de la prohibición-prevención moderna. González J. (1997) El Malestar en la Moral: Freud y la crisis de la ética, UNAM-Porrúa, México. Menciona... la ética, la moral, la moralidad y la eticidad. En nuestro contexto, estos términos se emplean de la siguiente manera:
a) Ética (con mayúscula) remite al sentido estricto de la ética o filosofía moral, que es la disciplina teórica, filosófica, que se ocupa de los fenómenos morales en general.
b) ética (con minúscula) se emplea, en cambio, como sinónimo de moral, en sus sentido más amplio, que es lo que suele hacerse en lenguaje común.
c)Pero ética (con minúscula) puede también ser utilizada –y cuando esto ocurre, así se hace expreso- como equivalente a moral interior (autenticidad de la conciencia), que se distingue de la moral exterior (la norma impuesta), dando lugar, en ocasiones, a la franca oposición entre la “ética” y la “moral”. (Vid. Infra, cap. IV “Sexualidad y moralidad: la Libido”.)
d)Las morales, por su parte, comprenden las normas, deberes, etcétera (orden deontológico) que rigen a los individuos y a la sociedad.
e)Por moralidad en general se entiende, tanto el conjunto de los fenómenos morales (que abarca no sólo la moral y los ideales y valores éticos, sino la realidad moral efectiva, los “usos” y “costumbres”: los mores, las formas de vida concretas de los individuos y los pueblos) como la nota común, la característica propia y distintiva que define lo moral en general (al igual que la “cientificidad”, por ejemplo, define los fenómenos científicos).
f)Y por moralidad esencial o eticidad entendemos más bien la característica privativa del hombre, por la cual éste es moral en sus ser mismo y existe siempre moralmente, sea cual sea la moral particular que le rija, incluso en la inmoralidad, pues no existe propiamente, en lo humano, una literal a-moralidad. La eticidad es un rasgo propio de la condición humana cifrado en la no-indiferencia radical que caracteriza al hombre como hombre: su necesidad de preferir valorar, cualificar, optar, diferenciar la vida y vivir conforme con sus “preferencias”
[13] Phármakon significa remedio y tóxico; no una cosa u otra, sino las dos.(...) Leyendo con atención a Teofastro se percibe que el origen de este concepto proviene de las insuficiencias detectadas en la idea de la planta todabuena (panákeia) y la planta todamala (strychnos). El genio griego comprendió que ciertas sustancias participaban de ambos estatutos, por lo cual no cabía considerarlas sólo benignas o sólo dañinas.(...) La toxicidad de un fármaco es la proporción concreta entre dosis activa y dosis letal. En: Escohotado, A. (1999) Op. Cit.
[14] Sloterdijk, P. (1999) Op. cit.
[15] Derrida, J. (1997) Retórica de las Drogas. Revista Colombiana de Psicología. Universidad Nacional de Colombia.
[16] Sloterdijk, P. (1999) Op. cit.
[17] Cfr. Derrida, J. (1997) Op. cit.
[18] El discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse. Foucault, M (2002) El orden del discurso. Edit. Tusquets Barcelona, España
[19] Cfr. Restrepo, L. C. (2004) La fruta prohibida. La droga como espejo de la cultura. Ediciones Libertarias Madrid, España
[20] Romani, O. (1999) Las Drogas sueños y razones. Edit. Ariel España
[21] Foucault, M. El sujeto y el poder, en Dreyfus y Rabinow (1988) Michel Foucault: Más allá del estructuralismo y la hermenéutica. UNAM, México
[22] Melenotte, G-H (2005) Sustancias del imaginario. Edit. Peele México.
[23] Wallerstein I. (1988) Utopística o las concepciones históricas del siglo XXI. Edit. Siglo XXI-UNAM México, D. F.
[24] Melenotte, G-H (2005) Op. Cit.
[25] Íbidem
Por: Antoine Artaud
Carta al Señor Legislador de
Señor legislador de la ley 1916 aprobada por el decreto de Julio de 1917 sobre estupefacientes, eres un castrado.
Tu ley no sirve más que para fastidiar la farmacia mundial sin provecho alguno para el nivel toxicómano de la nación porque:
1º El número de los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias es ínfimo.
2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovisionan en las farmacias.
3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias son todos enfermos.
4º El número de de los toxicómanos enfermos es ínfimo en relación a los toxicómanos voluptuosos.
5º Las restricciones farmacéuticas de la droga no reprimirán jamás a los toxicómanos voluptuosos y organizados.
6º Habrá siempre traficantes.
7º Habrá siempre toxicómanos por vicio de forma, por pasión.
8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la sociedad un derecho imprescriptible que es el que se los deje en paz.
Es por sobre todo una cuestión de conciencia.
La ley sobre estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; en una pretensión singular de la medicina moderna querer imponer sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos oficiales de la ley no tienen poder de acción frente a este hecho de conciencia; a saber, que más aún que de la muerte, yo soy el dueño de mi dolor físico, o también de la vacuidad mental que pueda honestamente soportar.
Lucidez o no lucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad me arrebatará jamás, es aquella que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez la medicina no tiene otra cosa que hacer sino darme las sustancias que me permitan recobrar el uso de esta lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia ustedes son unos pedantes roñosos: hay una cosa que debieran considerar mejor; el opio es esta imprescriptible e imperiosa sustancia que permite retornar a la vida de su alma a aquellos que han tenido la desgracia de haberla perdido.
Hay un mal contra el cual el opio es soberano y este mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica o farmacéutica, o como Uds. quieran.
Por vuestra ley inicua ustedes ponen en manos de personas en las que no tengo confianza alguna, castrados en medicina, farmacéuticos de porquería, jueces fraudulentos, doctores, parteras, inspectores doctorales, el derecho a disponer de mi angustia, de una angustia que es en mí tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno.
Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire, llegar a una evaluación de mi dolor más precisa, que aquella, fulminante, de mi espíritu..
Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser. Soy el único juez de lo que está en mí.
Vuelvan a sus buhardillas, médicos parásitos, y tú también Legislador Moutonier, que no es por amor a los hombres que deliras; es por tradición de imbecilidad.
Tu ignorancia de aquello que es un hombre sólo es comparable a tu estupidez pretendiendo limitarlo. Deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, sobre tu madre, sobre tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. Y mientras tanto, soporto tu ley.